Sobre un prólogo y no sobre su libro

Hoy no vengo a hablar de mi libro. Tampoco de uno de los libros referente en el terreno de la ciencia ficción como es el de Un mundo feliz de Aldous Huxley. Bastantes artículos, análisis, reseñas y debates, tanto literarios como psicológicos, sociológicos o filosóficos ha generado desde que se publicase en 1931 como para que se pueda aportar algo verdaderamente innovador sobre el tema.

De lo que vengo a hablar, y de lo que quizás no se ha hablado tanto como verdaderamente merece, es de su prólogo. En torno a cinco folios donde Huxley revisa, veinte años después de que la publicase por primera vez y para celebrar su creación, la obra más importante de su vida. Resulta un tanto sobrecogedor leer sus palabras y la tentación contenida a la hora de corregir su propia obra en la que encuentra, a pesar de ser ya entonces considerada de culto sin ningún tipo de discusión posible, muchos errores que achaca, fundamentalmente, a su juventud e inexperiencia. A una versión de sí mismo que ya no es él y a la que mira con cariño y respeto desde los ojos del viejo que ha visto cómo muchas de sus predicciones estaban a un paso de convertirse en realidad.

Que su obra haya sido catalogada como el sueño terrible de lo que nuestra sociedad podría llegar a ser en algún momento es algo tan innegable como aterrador. El miedo perdura a medida que se empieza a coquetear seriamente con la modificación del genoma humano y surgen las primeras noticias de embriones cuyo ADN se ha modificado para que sean inmunes al virus del SIDA. Esto ya no es ciencia ficción, sino pura actualidad. Y es que estamos hablando de una radiografía que, si bien en el plano de la bioingeniería ha quedado un tanto exagerada (al menos por el momento, afortunadamente), a nivel psicológico y sociológico las conclusiones que saca son brutalmente acertadas.

“Los más importantes Proyectos Manhattan del futuro serán vastas encuestas patrocinadas por los gobiernos sobre lo que los políticos y los científicos que intervendrán en ellas llamarán el problema de la felicidad; en otras palabras, el problema de lograr que la gente ame su servidumbre.”

Y es que, de eso habla en estas páginas Huxley por encima de todo: del control de la sociedad por medio de la fórmula de un soma indefinido, de una técnica por la que la gente sea, haciendo uso y abuso de la hipersexualización y de la tecnología, completamente dominada por unos entes superiores que, si bien en su momento el autor consideró estados totalitarios, el tiempo clarificaría que esos entes no eran otros sino el capitalismo y el consumismo desmedidos y, por tanto, el de las grandes corporaciones, algo que él no fue capaz de predecir con tanta clarividencia.

“A medida que la libertad política y económica disminuye, la libertad sexual tiende, en compensación, a aumentar. Y el dictador (a menos que necesite carne de cañón o familias con las cuales colonizar territorios desiertos o conquistados) hará bien en favorecer esta libertad. En colaboración con la libertad de soñar despiertos bajo la influencia de los narcóticos, del cine y de la radio, la libertad sexual ayudará a reconciliar a sus súbditos con la servidumbre que es su destino.”

En estas páginas parece como si Huxley estuviera dictándole a Alan Moore el tema de fondo de su novela gráfica “Watchmen”, centrado en el miedo del hombre a la autoaniquilación por miedo de la bomba atómica y que, quién sabe si para bien, tuvo su gran frenazo tras el incidente de Cernobyl del que, casi treinta y cinco años después, seguimos sufriendo las consecuencias. No, ese terror está controlado y ahora la preocupación se centra en el control de las masas por medio de las redes sociales y las fake news. Damos pasos hacia atrás cuestionando avances de hace siglos, preguntándonos si la tierra será plana o las vacunas un peligro. Estoy seguro de que nada de lo que sucede hoy en día sorprendería a Aldous Huxley. Pero de lo que no me cabe duda es de lo que le entristecería descubrir este mundo feliz en el que nos encontramos.

«Do the evolution, baby»

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