8 minutos

A raíz de la propuesta «escribe un relato de 500 palabras en el que al fin del mundo le quedan 8 minutos por llegar» de la web metalobscura, salieron estas letras apocalípticas.

Meterse en la piel de alguien que está presenciando el fin de todas las cosas es un poco angustiante, pero una experiencia que como escritor gusta afrontar.

Aquí va. Como siempre, espero que os guste y muchas gracias por leer y compartir.

Un led intermitente consiguió traerlo de vuelta de una ensoñación que había durado lo que tardó en enfriarse el café recién hecho en la taza sobre su mesa. Un led verde de uno de los paneles superiores, desconocido hasta aquel momento, que parpadeaba con virulencia sin emitir ruido alguno. Sacando un pesado manual de color naranja de la estantería que dejó una estela de polvo en el aire, y tras ojear el índice, movió las hojas con agilidad hasta parar en una sección que necesitó revisar varias veces con expresión de incredulidad. En un movimiento felino, giró sobre su silla hasta colocarse en la mesa a su espalda donde tecleó una serie de comandos en el terminal de color marfil acoplado sobre ella. A los pocos segundos, un estridente sonido de maquinaria que llevaba mucho tiempo sin escuchar terminó por despertarlo del todo. Los chirridos metálicos que ubicaban el telescopio según dictaban las nuevas coordenadas testificaban que aquellos desplazamientos no eran muy comunes considerando que a lo largo de los últimos diez años todos los movimientos ejecutados eran prácticamente milimétricos al haber centrado su estudio en el cinturón de asteroides más allá de Marte.

Frotándose las rodillas nervioso mientras esperaba a que terminara de completarse la re-colocación, aprovechó los últimos segundos para limpiarse las gafas con el borde de su bata blanca de científico mientras reflexionaba. ¿Cuántas veces había escrito solicitando una revisión del protocolo anti-asteroides? ¿Cuántas veces le habían ignorado? ¿Cuántas conferencias había dado en la última década sobre la incapacidad para reaccionar ante una amenaza de impacto, tan probable por otro lado que resultaba incomprensible la rapidez con que cualquier gobierno les despachaba? Ni siquiera la todopoderosa NASA dedicaba los recursos necesarios a ese ámbito, más preocupados tanto chinos como rusos como americanos por tareas de conquista que por las de supervivencia. Poner los pies en Marte o volver a hollar la Luna eran sin duda grandes hitos…  siempre y cuando quedase alguien en la Tierra para verlo.

El sonido cesó de golpe y un led amarillo le indicó que el telescopio había sido satisfactoriamente re-configurado. Dejando de lado sus preguntas sin respuesta, una nueva serie de comandos arrancó una aplicación que mostraba una pantalla completamente en negro. Sintió innecesario comprobar las coordenadas pero aún así lo hizo. Eran correctas. Después de un minuto sin ningún cambio y reprimiendo la tentación de darle unas palmadas al monitor en un gesto tan arcaico como inútil, decidió subir las pequeñas escaleras metálicas que llevaban a la plataforma superior con un nudo en el estómago y la sensación de que el ordenador no había fallado. Unos golpes descoordinados en el techo que más que lluvia parecían ser granizo terminaron de poner una nota extra de misterio a la sinfonía ya que se encontraban a primeros de Junio y llevaba sin llover algo más de dos meses.

Sus ojos sobre el visor del telescopio confirmaron que, efectivamente, donde debía estar el sol quedaba solamente oscuridad. La luz que entraba por las ventanas y parecía querer cuestionar lo que tanto la tecnología como sus sentidos habían comprobado, pertenecía a los últimos rayos de la humanidad. ¿Qué quedaba hasta que llegase el último de ellos? ¿Tres minutos más? ¿Cuatro a lo sumo?

Tras bajar de nuevo la escalinata donde se ubicaba el telescopio, se dirigió a la puerta de la estación en la que llevaba trabajando desde que entrase como becario al terminar su doctorado hasta llegar a convertirse en el director de aquella modesta base. Ignorando el extraño ruido de granizo que no había cesado alcanzó la puerta roja de hierro con la intención de contemplar los últimos momentos antes del fin del mundo. ¿Cuánto podía sobrevivir el ser humano sin la luz solar? ¿Cómo iba a gestionarse el caos generado? ¿Cuál podía ser el impacto medioambiental en cuestión de segundos?

En completo shock y sin que los caballos de la ansiedad hubieran llegado a desbocarse giró el pestillo para comprobar que aún quedaba luz y que no llovía ni granizaba. Según se mirase, claro. Sobre el prado en aquel pequeño cerro junto al mar, una alfombra de pájaros muertos, unos sobre otros, no dejaba ver el suelo en aquel macabro collage formado por todas las especies de la zona. Sobre la pequeña bahía que daba acceso al mar, una mancha indefinida de peces muertos flotando en la superficie completaba la tétrica visión.

¿Un minuto? ¿Quizás dos?

Volviendo sobre sus pasos, se dirigió con ritmo lento de nuevo a su mesa de donde sacó una pequeña caja metálica con un papel que rezaba “protocolo anti colisión”.

Justo en el momento en que el último rayo de luz tocaba la tierra antes de la noche del fin de los tiempos, el sonido de un disparo resonó como si de la primera trompeta del apocalipsis se tratara.

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