Hackverso: un relato de ciencia ficción

«Hacker no se hace, se nace«.

Si tuviera que pagar una moneda por cada una de las ocasiones en que he escuchado esta frase lapidaria, ahora mismo sería completamente pobre. No es que tenga mucho dinero, la verdad sea dicha, pero desde luego de haber hecho ese trato a día de hoy no tendría ni un triste céntimo. Lo peor de todo es que a pesar de ser un mantra tantas veces repetido, no es en absoluto cierto: un hacker, como casi cualquier otra cosa en este mundo, se hace. Por supuesto que se hace. Pero claro, resulta muy fácil excusarnos con dones innatos para no tener que esforzarnos ni que dejarnos la piel en lograr algo tan difícil, porque para ser hacker, o mejor dicho, un buen hacker, hace falta sangre, sudor y un Amazonas de lágrimas. Hay veces que dos.

Yo empecé en esto a la tierna edad de cinco años. Cuando me dieron a elegir como regalo de cumpleaños entre un balón de fútbol, una consola de videojuegos o una mascota, dejé lo más claro que pude a todo aquel que me prestase un poco de atención que lo único que yo quería era jugar con el ordenador de papá. Papá, un contable incapaz de ver en su moderna computadora nada salvo una poderosa herramienta de trabajo, lejos de considerar mi petición como algo negativo, decidió regalarme una sonrisa comprando un pequeño Sinclair ZX Spectrum y fomentar así una afición que podía resultar beneficiosa para mí en el largo plazo. Además, aquel ordenador, absolutamente precioso con aquellos tonos negros y su característico arcoiris en la esquina inferior derecha del teclado, evitaba que pudiera romper el suyo. Win win.

El Spectrum llegó junto con una pequeña montaña de videojuegos que, a pesar de deslumbrarme en un primer momento como lo hubiera hecho con cualquier niño a esa edad, rápidamente perdieron todo el protagonismo a medida que yo me interesaba por desentrañar los misterios de la informática.

Siempre he creído que aprender un idioma nuevo es, en general y para la mayoría de la gente, un auténtico peñazo. Los que no sentimos pasión por la filología, lo único que buscamos en ese proceso es el resultado: poder comunicarnos y ser capaces de entender cosas que antes no eran más que un enigma. Y aquí estoy refiriéndome a los maravillosos años 80, cuando para ver la traducción de algo necesitabas un libraco a tu lado y hacer el esfuerzo de buscar cada palabra. Lo que decía: un rollazo abosluto. La programación, incorrectamente denominada a mi juicio como idioma o lenguaje no es, en realidad, ni lo uno ni lo otro, porque aunque como lenguaje te permite entender a una máquina, no te sirve para comunicarte con ella como lo hace un idioma. Para lo que te sirve es para gobernarla y ordenarle lo que tiene que hacer. Es lo más cerca que el ser humano puede estar de Dios creando vida, aunque esta no sea capaz aún de cobrar consciencia propia. O eso era lo que yo creía por aquel entonces.

Aquella magia, término que me parece más acertado que lenguaje, por medio de la cual se usan hechizos en lugar de frases, hizo que mi infancia y mi adolescencia se deslizasen entre mis dedos como un puñado de arena fina y que, cuando quise darme cuenta, mis 5 años eran 18 y el colegio se había transformado en universidad. Allí aprendí poco. Poco útil, quiero decir, porque claro que se aprenden muchas cosas estudiando una carrera, no quiero que se me entienda mal. Me refiero a que prácticamente nada de lo que descubrí en aquella época me sirvió nunca para perfeccionar mis habilidades. Como ya he explicado, hacker se hace, y para hacerse bien y desarrollar músculo, un hacker solo tiene que hacer una cosa: hackear. Cumpliendo siempre con todas mis obligaciones, el tiempo que quedaba para mí, que era sin duda una barbaridad, lo dedicaba a leer sobre hacking, estudiar nuevas técnicas y, por supuesto, intentar ponerlas en práctica. ¿Dónde está la gracia si no? Durante todos esos años, la cantidad de personas que he conocido del “mundillo”, o dicho para que suene de manera más elegante “subcultura hacker”, las puedo englobar en 3 tipos principales: el engreído, que solamente quiere presumir y que generalmente no sabe más que tres truquitos con los que impresionar a gente que no sabe de qué habla; el ególatra, que no busca nada más que posición dominante en la comunidad, por medio del prestigio y de la fama que un buen hack es capaz de proporcionar; el engreído y el ególatra no tienen nada de especial y se pueden encontrar, de una forma prácticamente idéntica, en cualquier otra disciplina; por último, la gran mayoría de ellos, los englobo en la figura del pionero. Ese tipo de personas que necesitan correr más lejos, subir más alto, volar más rápido… Esos individuos que, como decía, no saben vivir de otro modo que no sea pisando el acelerador al máximo en la carretera del desfiladero. Yo formo parte, con orgullo, de este último grupo.

Cuando uno empieza a hackear, lo hace trasteando y rompiendo lo que tiene más a mano: su propia “casa”. Hasta que no has descubierto todos los entresijos de tu ordenador, no surge la necesidad de abrir la puerta y visitar el barrio. Al menos así fue conmigo y puedo confirmar que con la mayoría de hackers reputados que conozco. Además, hay que entender una cosa, cuando yo era un niño, el barrio de Internet estaba todavía sin asfaltar por lo que, quisiéramos o no, los pre-hackers solo podíamos marear con nuestros propios equipos. Esto se convirtió, paradójimanete, en una fortaleza y es algo que se puede apreciar con suma facilidad en la actualidad: la gran mayoría de nuevos hackers no entienden el lenguaje de máquina ni tampoco han visto de cerca el código de un compilador. La “vieja guardia” llevamos de base una serie de conocimientos que hace que, de manera absolutamente objetiva, podamos aprender y dominar tan rápidamente cualquier tecnología por reciente que esta sea.

Pero aunque el proceso formativo pueda parecer tan interesante, quizás este sea un buen momento para empezar a hablar de la “chicha” del asunto. Lo interesante. Lo que llena titulares, páginas de Internet e incluso salas de cine: los hackeos. Como explicaba, dentro de la verdadera familia hacker compuesta por pioneros, igualmente se da una subdivisión que, una vez más, no es sino otra categorización que aplica a cualquier ámbito de la vida: el lobo blanco y el lobo negro. Luz y oscuridad. Ying y yang. El hacker activista e idealista que pretende cambiar el mundo y el hacker perverso que solamente busca su beneficio o, mucho peor, el caos y la destrucción. Me resulta difícil establecer porcentajes para esta clasificación porque hay mucho de ambos. A veces, incluso, hay un poquito de los dos en cada uno de nosotros aunque, finalmente, uno de los extremos venza al otro. Yo pertenezco al lado de la luz, lo que no significa que no me haya movido por las sombras y que, muchas veces, el deseo por llegar más allá me haya empujado a realizar acciones de las que, ahora mismo y en frío, me arrepiento profundamente. Y, como todos o la mayoría de nosotros, cuando llega el momento en que la puerta más tentadora se te pone delante, mal o bien dan igual: solamente quieres cruzarla. Para un hacker, esa puerta no es otra que las redes del Gobierno.

Como al fin y al cabo todos nos movemos por los mismos “bares” de la Deep web, nuestra comunidad acaba siendo un gran pueblo donde todo el mundo se conoce por mucho que esta haya crecido a lo largo de la última década. “Por sus obras los conoceréis”, dijo Jesucristo según San Mateo y yo no podría estar más de acuerdo con ello. Nuestros hacks son nuestra tarjeta de presentación, nuestro CV y nuestro carnet de identidad. Hablan por nosotros e, incluso, nos definen. Y nada mejor que compartir un hack con tus compinches, como quien le cuenta el último ligue a sus amigos. Así fue como, una noche cualquiera, aburrido y sin nada mejor que hacer, acabé en mi “bar” habitual en medio de una conversación que, sin saberlo, iba a cambiarlo todo.

La mayoría de noches, el foro donde nos juntábamos la crema y nata de la Deep Web no era más que un compendio de batallitas del abuelo aderezado con la dosis habitual de “a ver quién la tiene más larga”. En medio de aquel charco de gasolina la chispa solía prenderla, generalmente, la presencia de algún novato que, impresionado por el brillo de las insignias que representaban los afamados nicks allí presentes, intentaría por todos los medios llamar la atención proponiendo retos imposibles o describiendo hackeos de dudosa credibilidad. Aquella noche, el tema, no iba a ser diferente, aunque el resultado para mí acabaría siéndolo. Después de un par de cervezas y lejos de lo que es costumbre en mí, entré al trapo con un noob que consiguió exasperarme con su arrogancia. A pesar de dejarlo en ridículo describiendo lo absurdo de sus inventadas hazañas cibernéticas, el muchacho logró dar en la diana de mi amor propio al poner sobre el tablero mi tema tabú, que no era otro que el “Gobierno”. Espoleado por la rabia que me daba no poder replicarle, ya que era completamente cierto que me había mantenido siempre a una distancia prudencial de nada que oliese a Estado, lo que terminó por quebrarme fue el silencio. Mis reticencias a cruzar la línea que marca la gloria hacker eran conocidas por todos y esa fue la verdadera razón de que aquel silencio por parte de mis compañeros de travesía se transformara, en mi cabeza, en insultantes risas contenidas y desagradables cuchicheos virtuales, reforzando la creencia de que en el hacking no hay amigos sino compinches y que, en el fondo, no somos más que piratas unidos por la búsqueda del tesoro de turno y no por el mando de ningún gran capitán o una causa mayor.

Aquella noche decidí que nunca nadie podría volver jamás a llamarme cobarde por no haber siquiera intentado coronar el Everest de los hackers. Mis reparos no se debían a la falta de recursos técnicos ni a mi seguridad en que, si de verdad me lo proponía, podía colarme en cualquier departamento del Gobierno. Era una cuestión de “prudencia” ya que, por lo que yo había vivido y como se recitaba en la comunidad, uno de cada cuatro de los que intentaban entrar o lo conseguían, acababan siendo cazados y procesados. Las consecuencias y las condenas variaban mucho dependiendo del objetivo del ataque y del impacto, pero lo que era seguro es que nadie se iba de rositas. Uno de cada cuatro. Igual que las probabilidades de morir intentando hacer cima en el Annapurna.

Impulsado por la temeridad que regala el alcohol, preparé el entorno enmascarando cualquier dato que pudiera vincular mi yo virtual con mi yo real e inicié el ascenso hacia aquel ochomil desde el campamento base de mi habitación conectándome, desbordado por una arrogancia absolutamente inusual, a la web del departamento de Seguridad Nacional. Superar la primera barrera que puede resultar lo más difícil para la mano inexperta no tiene ningún misterio para un hacker de pura cepa. La cantidad de vulnerabilidades que aparecen diariamente en las aplicaciones genéricas que usan todas las webs, incluidas las del Gobierno, hace que pasar esa primera puerta resulte siempre más laborioso que complicado. Una vez dentro del primer anillo es donde se ponen a prueba tanto la pericia como la verdadera resolución, ya que a partir de ese momento casi todo lo que un hacker encuentra es código fuente dedicado, es decir, programación específica para la que no existen soluciones genéricas y que requiere, por tanto, de un análisis exhaustivo en el momento que puede no llevar a ningún lado. La emoción la pone el hecho de saber que una vez penetras esa primera barrera, una especie de temporizador virtual pende sobre tu cabeza cual espada de Damocles, ya que todos los sistemas de seguridad van a detectar tu presencia y se van a dedicar tanto a boicotearte como a intentar desenmascararte. Ese es el riesgo. Ese es el reto. Ese es el chute de adrenalina que tanto seduce y que resulta ser la perdición de tantos hackers. De uno de cada cuatro, para ser exactos.

Después de unos tensos veinte minutos, empezaba por fin a encontrarle las costuras al servidor de correo que había establecido como objetivo de mi ataque. Si era capaz de enviar un email desde la cuenta del Presidente a todos los compinches que habían presenciado cómo aquel novato me había arrojado el guante, no habría laurel en todo Internet para confeccionar mi corona. Completamente desatado y con un nivel de inspiración desconocido, empecé a cortar barreras como si usara un cuchillo caliente sobre mantequilla. Cuando logré romper ese segundo anillo, haciéndome owner del servidor, fue cuando llegó la sorpresa. Una ventana de diálogo de una aplicación desconocida, surgió de la nada haciendo pop-up en mi pantalla. Acto seguido, un flujo de caracteres comenzó a aparecer por mi extremo del tubo de comunicación que había aparecido allí como por arte de magia, juntándose en una serie de palabras a las que me costó reaccionar. La conversación que aquí transcribo no es fiel sino exacta, grabada a fuego en mi cabeza a fuego como hierro candente marcando ganado.

El hecho de que conociera mi alias no era ninguna sorpresa a esas alturas: el tipo había logrado no solo meterse en mi ordenador, sino interrumpirme en mitad de un ataque. Seguramente ese hacker tenía control total sobre mi dispositivo. En cualquier caso, yo seguía sin saber qué decir, lo que no supuso problemas a aquel extraño para seguir intentando establecer contacto.

De todo mi entorno, solo el bueno de Jup1t3r habría sido capaz de romper mis defensas sin hacer saltar ni una sola alarma. Con su aura de Gandalf, Jup era el hacker de mayor edad del grupo y aquel viejo rockero sabía más por viejo que por diablo. Hubiera sido de todo menos una sorpresa.

Aquel desliz, en caso de que no fuera algo premeditado, dejaba claro que aquel extraño era alguien de mi círculo cercano. Nadie de fuera de él hubiera osado utilizar esa confianza para referirse a Jup1t3r.

Su discurso sirvió para traerme de nuevo a la mente la cuenta atrás y el riesgo de quedarme allí atrapado. No quería ser ese uno de cada cuatro. Recordé por qué había entrado en un primer momento y, tras minimizar la pantalla, volví al punto en que lo había dejado antes de su interrupción: a un par de comandos de acceder finalmente al servidor. Cuando me disponía a teclearlos, la ventana de diálogo volvió a apoderarse del foco.

Aquellas palabras sobre mi padre lograron su objetivo, paralizándome por un instante que el molesto extraño aprovechó para intentar asestar el golpe definitivo y que saliera de allí tal y como sugería.

La ráfaga de preguntas salió disparada de manera casi involuntaria. Pensar en la muerte de mi padre, que por su enfermedad podía llegar en cualquier momento, había logrado desestabilizarme emocionalmente y disipar cualquier vestigio de excitación fruto del alcohol. En palabras vulgares, me había bajado el pedo de un soplido. Y, como no podía ser de otra manera, la borrachera estaba a un paso de transformarse en ira.

El silencio que siguió a aquellas palabras fue breve pero asfixiante. Me sentía completamente aturdido por aquella persona que sabía usar las palabras precisas para captar mi atención. Sin duda me conocía bien.

Insistí por última vez, rezando porque sea una broma y prediciendo la respuesta. Esa forma de hablar…

Un led rojo encendiéndose en la pantalla indicó que alguien estaba tratando de acceder al router.

Tras esas palabras y ante la prueba evidente de que los dispositivos de seguridad se me echaban encima, decidí desconectar haciendo caso a aquel extraño al que me costaba, y aún cuesta, llamar usando otra palabra. Si todo fue una broma, alguien se había esforzado en darle una magnitud grandiosa cuando, al cabo de unos minutos, un repartidor llamó a la puerta para dejarme un paquete. La posibilidad de que alguien del cibermundo hubiera conseguido mi perfil real era tan ínfima como preocupante, aunque el shock en el que todavía me encontraba no me permitió valorarlo. Cerré la puerta y abrí el paquete, que no llevaba remitente, dispuesto a ponerle fin a aquel disparate y acostarme antes de que el creciente dolor de cabeza lo convirtiera en labor imposible. El envoltorio, no mayor que un folio, era ligero y ancho. Al meter mis dedos en busca del contenido, el tacto me hizo reconocer de qué se trataba solo unos segundos antes de que mi olfato lo confirmase merced al aroma a papel antiguo y tinta que invadió inmediatamente la habitación. Saqué el viejo periódico gastado y, con calma, me dirigí a la mesa donde, tras coger asiento, lo extendí completamente sobre ella. Se trataba de un ejemplar del Sunlight letter que parecía tener lo menos veinte años. El color amarillento de las hojas y el olor a viejo confirmaban la teoría. La fecha, redondeada con un bolígrafo negro me produjo un escalofrío: 5 de Noviembre de 2023. Esa nefasta noche, allí sentado, yo todavía seguía viviendo en el 4 de Noviembre. Abrí el periódico de manera inconsciente por la hoja con la esquina superior derecha doblada a modo de marca. En una pequeño espacio sin mucha relevancia, un nuevo redondel negro atrajo mi vista hacia el titular. Un hombre con mi edad y mis iniciales había sido arrestado después de enviar una serie de emails desde la cuenta del presidente del gobierno. Según parecía, la broma se había ido de las manos ya que con aquellos correos se envió un borrador al primer ministro chino cancelando un acuerdo comercial que iba a suponer más de cien mil millones en pérdidas para el Estado.

Quince años después de aquel incidente puedo confirmar que a la mañana siguiente, la del 5 de Noviembre, no insistí en mi deseo de coronar ningún Everest, Annapurna ni ningún otro ochomil virtual, que finalmente no arruiné mi vida yendo a ninguna cárcel y que tampoco me suicidé. Al menos por ahora. El Sunlight letter, que no pude evitar comprar en cuanto abrieron los comercios, resultó ser una copia, palabra por palabra, del ejemplar que había recibido por correo con la excepción de aquella noticia subrayada. Nada ha vuelto a ser igual para mí desde aquel entonces hasta el punto de que no he sido capaz de volver a hackear ni de mirar la vida del mismo modo… y no ha pasado ni un solo momento desde aquella terrible noche en que no haya intentado entender lo que sucedió ni tampoco volver insistentemente a intentar establecer contacto. Por ahora sigo sin respuestas. Supongo que ese J4nus desconocía, desde su salto de plano, que no enviar esa serie de correos, pero sobre todo conocerlo, iba también a joderme la vida, aunque de una forma distinta.

Agosto, 2020
B.J. Sal

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