El cachorro Lainez: Un relato bélico de ciencia(?)—ficción(?)

(y bastante coña de por medio)

Nota a los lectores:

El relato que se disponen a leer ha sido concebido sin el menor atisbo de intención política, ideología o mensaje encubierto: se corresponde, única y exclusivamente, al delirio de su autor. El contexto, que puede provocar incomodidad al anclarse en uno de los capítulos más tristes de la historia reciente de España, no sirve de otra cosa que de atrezzo. Creo, humildemente, que ha pasado el tiempo suficiente como para que podamos echar la vista hacia los años de la Guerra Civil Española y utilizarlos para crear un escenario, sin necesidad de tener que buscar ningún tipo de mensaje subliminal, bandos o partidismos. De igual modo, el lenguaje ordinario no busca otra cosa que acercar al lector al ambiente poco cultivado de aquella España, más en un escenario de guerra.

Si en el ejercicio, por parte de este inexperto autor, de tratar de no levantar ninguna ampolla, no lograse mi objetivo, pido disculpas por adelantado.

Cualquier parecido con la realidad, como dijo el loco, es pura coincidencia.

***

A la atención del corresponsal español en el diario Le Monde en París, con fecha 13 de Septiembre de 1944.

Estimado letrado,

tengo a bien escribir a vuestra merced esta carta, con la única intención de dar luz a los hechos que viví hace tan solo siete años, y que espero puedan servir de ayuda en el devenir de la guerra, más ahora que el enemigo ha cruzado las puertas y comienza a ponerse cómodo. Aún hay esperanza. Siempre la hay o, al menos, eso es lo que dicen, y si usted pudiera poner en conocimiento de los altos mandos del ejército aliado la pesadilla que mis ojos vieron y que mi mente no logra olvidar, es posible que las muertes de mis compañeros no fueran en vano. Que Dios los guarde en su gloria, sobre todo al gilipollas de Bonilla, estén donde estén.

Aclaro que no sé escribir correctamente, ni fuerzas tengo. El puño me lo presta, como buenamente puede, la hija de mis vecinos. La pequeña Clotilde, que chapurrea, con la soltura de Garcilaso, la lengua de Cervantes, traduce y transcribe mientras yo me centro, tratando de ignorar el dolor, en revivir aquel oscuro pasaje.

Disculpe el desorden, no me he presentado. Me llamo Martín Novella y fui, por breve plazo, Cabo del exangüe Ejército Popular de la República de España. Desde 1948 me encuentro exiliado aquí, en Francia. La tuberculosis que contraje al poco de llegar ha empeorado y siento que me queda muy poco de vida. No lo siento, lo sé.

Cuando los nazis entraron en París, supe también que había llegado el momento de vencer al miedo y a la vergüenza de ser considerado un mentiroso o un mequetrefe, y dejar, de una vez, el legado que mi pequeño destacamento vivió en las afueras de Guadalajara en el año de gracia de 1937. Seguramente no esté aquí para poder ver la reacción que ha despertado, pero espero que estas letras sean tomadas con la misma seriedad con la que las dicto y que sirvan para hacer frente a esos puercos alemanes antes de que tomen Inglaterra. Si eso llega, que Dios os coja confesados porque yo no estaré ya aquí para verlo.

Tenía yo veinticuatro primaveras el día en el que me subieron a un camión en Madrid rumbo al frente. Tampoco es que hubiera tenido mucha elección: al que no subía le ponían una pistola en el cogote. He leído que los republicanos eran crueles. Tan crueles o más que los fascistas, ya se sabe eso de que la historia la escriben los vencedores, pero la verdad es que yo no vi que le pegaran nunca un tiro a nadie. También es cierto, que todos los que tenían la fortuna de toparse con mi camión acabaron dentro. Mejor un camión y una promesa de cantar veinte en bastos, que un tiro y arrastrar con un tres antes de tiempo: no había que ser ningún hacha al tute para escoger la mejor mano con unas cartas de mierda.

Madrid aguantaba, o eso era lo que creíamos, así que en ese momento lo que primaba para los estrategas del ejército rojo era hacer frente a los espaguetis del CTV que les estaban dando por culo en Brihuega. ¿Nos estaban dando? En aquel momento a mí no me daba por culo nadie, la verdad. Antes de subirme al camión, yo no era más que un simple empleado en Girod y lo más peligroso que había hecho había sido arreglar relojes. Pero esto tampoco viene muy al caso. La cosa es que, rodeado de cenutrios, en menos de una semana en la que se nos formó a los que no teníamos experiencia alguna en materia de guerra, debí destacar lo suficiente para que algún inconsciente decidiera nombrarme Cabo. La verdad es que aquella decisión, que me pareció en aquel momento tan ridícula como desafortunada, acabaría, sin llegar a imaginarlo entonces, salvándome la vida.

Como ya he dicho, la necesidad era grande, pero no hasta el punto de mandarnos a freír espaguetis a los que no sabíamos ni apretar un gatillo. Quién sabe qué habría sucedido de haber tenido yo, o mis compañeros, alguna experiencia. No sé si alguno de ellos viviría, pero quizás hubieran encontrado una muerte más amable.

El hecho es que, al no haber partido con el primer pelotón que se formó al día siguiente de llegar al campamento, los que quedamos allí fuimos separados en grupos. Dormíamos juntos, practicábamos juntos y hasta cagábamos juntos por orden directa del Brigada al mando, que el Sargento del pequeño destacamento se encargaba de ejecutar. La idea del Brigada Castro, encargado de nuestro entrenamiento y del de los otros pocos grupos que habían quedado atrás, consistía en generar, a marchas forzadas, el lazo de sangre que une a los hermanos de armas en combate y que puede marcar la diferencia entre el éxito y el fracaso que, en ese triste escenario, supone la diferencia entre la vida y la muerte.

Tengo mis serias de dudas de si el lazo que creamos llegó a ser de sangre o no, a pesar de que sangre hubiera por un tubo, pero de lo que doy fe es de que acabamos tan hasta las pelotas del entrenamiento en los dos primeros días que, a fuerza de insultar a los superiores, todos allí acabamos simpatizando. Y es que, después de unos pocos años fuera y de haber tratado con gente de muchos países, me doy cuenta de que lo que cimenta las relaciones de mi querida patria, no es otra cosa que el insulto. Ya quisieran los gabachos insultar como nosotros.

Ya he hablado del Brigada Castro, un buen cabrón de los de antes, con un bigote que empezaba a enseñar alguna que otra cana y que tenía más mala leche que todos nosotros juntos. El equipo, estaba formado por el Sargento Bonilla, yo como Cabo y tres soldados. Ernesto Bonilla, un huevón que debía haber tenido la misma suerte que yo, pero dos veces, tenía menos luces que una fábrica de velas inundada. Resultaba bastante increíble que gente tan sumamente lerda pudiera tener a otros al cargo, pero así es la guerra, supongo. Sería impensable que eso pasara en una empresa. Igual por eso nos ganaron los golpistas, por no ascender a cenutrios, pero qué sé yo que cada día sé menos. Los soldados eran los hermanos Lendínez, Paco y Ramón, dos mozos de dieciocho y diecinueve años a los que distinguíamos llamando Canuto y Ramoncho. Por último, Julián Pedraza, un hombre de bien, de los de antes, que aparte de asustadizo era más beato que Santa Teresa de Jesús. Y cuando digo asustadizo, no digo que el tipo fuera precavido o poco arriesgado, es que era el más cagón de la base. Igual empatado con Bonilla, aunque el Sargento fuera otro tipo de cagón. El caso es que pasados esos dos primeros días, cuando no insultábamos al Brigada o a los Alferez que venían de paso, las burlas iban hacia Pedraza y a los grititos que se le escapaban cada vez que escuchaba un disparo, viniera de quien viniera, como los de una viuda a la que se le escapa un pedo en misa. Vivimos esos días descojonados hasta que Bonilla nos advirtiera de que igual no era tan divertido estar escondidos detrás de una mata con un pelotón al lado y que un “gritito de vieja” nos sentenciara. A partir de ese momento cambiamos las risas por collejas y, aunque nunca en la vida se me ha pasado por la cabeza ser profesor, creo que no lo hubiera hecho nada mal, ya que cuando acabó la semana, con mi método, Pedraza había cambiado sus gritos por una cara de pardillo con los ojos cerrados. Buen cambio.

Al acabar la semana, las noticias que venían del frente no eran ni mucho menos halagüeñas. De una manera inexplicable para los altos mandos, las tropas del maldito CTV no terminaban de caer a pesar de estar completamente superadas en número. Si bien las razones no eran claras, el rumor que corría en el campamento era que Esteban Lainez, el “cachorro Lainez”, los mantenía firmes y con la moral en alto. Esa fue la primera vez que escuché su puto nombre, sin saber entonces que ni era cachorro, ni era Lainez, pero no quiero adelantarme. Como decía, el rumor se expandía y nada hay más peligroso en plena guerra que un rumor que inyecta miedo en las tropas. El cachorro, del que algunos soldados que decían haberlo visto hablaban como del mismísimo Hércules reencarnado, era, supuestamente, el responsable de que el ejército rojo no lograse recuperar completamente el cinturón de Guadalajara que protegía Madrid. “El cachorro ha matado a diez más”. “El cachorro se ha comido las vísceras del Capitán”. “El cachorro vuela”. El cachorro su puta madre esto, el cachorro su puta madre aquello… en el campamento no se escuchaba otra cosa ni se respiraba nada aparte de ese pavor a aquel soldado que parecía un mito. La inconsciencia de nuestra pequeña familia hizo que empezáramos a mofarnos del cachorro y, lo que empezó como una broma nuestra, acabó extendiéndose entre la milicia de manera que, sin darnos cuenta, estábamos contribuyendo a devolver el coraje a la base. Aquello, muy desafortunadamente, terminó llegando a oídos de los altos mandos que vieron en nuestras bromas un acto de gallardía sin igual, y junto con la mala suerte que se unió a nuestro destacamento desde ese momento hasta el final, se iba a sellar nuestro trágico destino. La orden iba a llegar la mañana del decimotercer día, que para más huevos era Martes y, como hoy, también era trece. Si hubiéramos escuchado a Pedraza…

Intentaré, desde este momento, viajar a ese terrible momento y reproducir las conversaciones que sucedieron con todo el rigor que mi mala memoria me permita, aunque, inexplicablemente, aquellas infaustas horas y las palabras vertidas se mantengan frescas en mi memoria, imborrables por más que le haya pedido cientos de veces al altísimo que me conceda el deseo de prenderles fuego para siempre.

—Cabo Novella, ¡al orden! ¡Traiga a las tropas para discutir nuestras nuevas órdenes!

—Bonilla, no seas imbécil que ya ves que estamos todos aquí.

El que hablaba con aquel descaro no era otro que Ramoncho, que por muy soldado que fuera frente a un Sargento, sabía que Bonilla, aparte de lerdo, no tenía ni media hostia y su sola presencia lo acojonaba. Y Ramoncho, que además de bromista era un poco cabrón, se aprovechaba de eso para vacilarlo todo lo que podía, siempre que no hubiera ningún superior cerca.

—Bonilla, no me jodas con formalismos —dije yo, que después de trece días me había ya olvidado de tener que ir a ningún frente y el puto Bonilla nos acababa de volver a traer ese miedo con una sola frase.

—Nuevas órdenes de arriba —insistió con su mirada lela.

—De arriba de qué —respondió Ramoncho, en otro intento por seguir tocándole los huevos.

—De arriba.

Desde luego, Bonilla podía tener alguna virtud. Mi madre, que en paz descanse siempre lo decía:

“Martincito, bonito, todas las personas tienen algo especial. Igual que tú te entiendes tan bien con los animales, otras personas tienen otras cualidades. Todo el mundo tiene alguna, hasta el más simple: solo hay que saber encontrarla”.

Yo nunca dudé de la sabiduría de mi madre, ni pensaba empezar a hacerlo entonces, lo único que digo es que si el mamón de Bonilla tenía alguna virtud, se la había escondido en el culo.

—Entiendo, Bonilla, que de arriba es de encima de Castro —dije para ayudarle. El tío era tan lerdo que hablar con él suponía el doble esfuerzo de hablar tu parte y de tener que sacarle la suya casi a hostias.

Cuando pensaba que íbamos a pasar las próximas tres horas intentando hacer desembuchar a Bonilla cuatro frases, el Brigada Castro de un golpe en la lona, se metió dentro de la tienda trayendo consigo el silencio. El tío infundía respeto solo con el aire que hacía bailar los pelillos de la nariz que se camuflaban con su bigote.

—Equipo, ¡descansen! —dijo y miró a Ramoncho, como si lo estuviera tentando a hacer alguna broma que Bonilla debía haberle chivado. Ramoncho, que podía ser muchas cosas, pero que no era gilipollas, calló como una puta—. Traigo muy buenas noticias para vosotros. Es idea del comandante Lacalle, así que podéis sentiros orgullosos.

Mencionar a Lacalle, que era el alto mando que controlaba nuestro campamento, eran palabras mayores. Orgullosos, un poco, pero sobre todo allí lo que empezábamos a estar era un poco cagados. A fin de cuentas, no éramos más que cinco paletos sin formación militar.

—Lo que habéis conseguido con el cachorro… —dijo el tipo mientras sacaba la primera sonrisa que yo era capaz de verle desde que llegase hacía casi dos semanas—. Ole vuestros cojones. Hasta que habéis llegado vosotros aquí solo se podía oler la mierda del culo de todos los soldados cada vez que se mencionaba al puto cachorro. Y como es decir cachorro y la gente sigue acojonada, Lacalle ha tenido la brillante idea de asignaros una misión solo a la altura de los más grandes.

—Mi señor, las órdenes de Lacalle, o las órdenes del Brigada Castro, que es usted aquí presente, son nuestr…

—Bonilla, cierra la puta boca y no toques los cojones, coño —dijo el hombre al que se le vio hacer un gran esfuerzo por mantener la jovialidad tras aquella inoportuna interrupción—. Vosotros no vais al frente.

La inconsciencia: esa puñetera compañera que es capaz de hacerte disfrutar durante los breves segundos después de evitar pisar un charco justo antes de meter el pie en la mierda que hay al lado. La inconsciencia, sí. La que nos estaba haciendo reír y mirarnos los unos a los otros por no tener que ir al frente cuando el Brigada todavía no había explicado por qué. Y el porqué, vino como esa mierda junto al charco, un segundo después, con la sonrisa boba todavía en la boca.

—Vosotros tenéis la misión de matar al cachorro y de traernos su cabeza. Como ha dicho Lacalle, debéis de tener los cojones bien puestos y aquí nos hace mucha falta gente como vosotros. Si conseguís acabar con él, es posible que le demos el vuelco definitivo a esto y logremos de una puta vez recuperar Brihuega.

—E e e e e el el el, el ca, elca, elcach, elcachoorr, ¿el caa a chorro, señooor? —dijo Bonilla, que tartamudeaba más que once viejas cuando se ponía nervioso.

—El cachorro, Bonilla, el cachorro. El puto cachorro Lainez, que nos lleva dando por culo desde hace un mes. Antes de que llegara aquí no moría nadie y ahora caemos como putas moscas. El ca ca ca cachorro Bo Bo Bonilla, ¡copón! —dijo tirándole una colleja que casi le salta las pestañas—. A ver si así se te pasa la tontería —dijo mientras me miraba el pecho, entendiendo que al bueno de Bonilla iba a haber que echarle una mano.

—Tú, Cabo —dijo clavando los ojos en mí.

—Sus órdenes mi…

—Calla, ¡joder! ¿No me serás otro puto Bonilla? ¿Es que no son capaces de traer a nada más que a jodidos capullos a esta base?

—No, señor, no soy un Bonilla —respondí con entereza mientras fijaba la vista en el horizonte y me preparaba internamente para una colleja marca de la casa.

—Bien —respondió más calmado sin soltar el brazo—. Lo único tengo para vosotros es una palabra.

—¿Empieza por te, ten, te, tene…?

—Bonilla, ¿en serio? —dijo el hombre al que la mala leche empezaba a transformársele en frustración—. Tu lo que quieres es que te de una hostia ¿Es eso?

—No señor.

—Pues cierra el puto pico. La palabra es “Lykanthrop”. Abrirá las puertas correctas —respiró con algo de suspense antes de seguir con aquel tono enigmático—, y también algunas que no lo son. Empleadla con cuidado —advirtió con seriedad.

—¿Puede darnos algún detalle más? —pregunté sin mucha esperanza.

—No sabemos lo que significa. La hemos interceptado en varias comunicaciones. Es el término alemán para licántropo.

Bonilla, que debía estar forzando la máquina a todo gas, estuvo a punto de babear ante una situación que, claramente, lo superaba.

—Nuestros expertos —dijo mirando a Bonilla con una condescendencia que rozaba la colleja gratuita—, nos dicen que eso significa “hombre lobo”, pero el significado no importa. Lo que importa es que quizás os sirva en algún momento de la expedición. Y, hablando de eso, preparaos porque salís ya.

—¿Ya? —dijo Bonilla, que debía ser el único que no entendía lo cerca que estaba de que Castro le volviera a calentar la nuca.

—Ya, Bonilla. Ya de ya. Hacéis el petate y salís. Estamos hasta los cojones de esto y hacemos falta en Madrid. Y, miradme a los ojos —dijo antes de abandonar la tienda con un tono y una cara que recuperaban al Castro hijo de puta y enterraban aquel espejismo de amabilidad—, como me entere yo de que habéis huido, como me entere yo de que no habéis tenido cojones de acabar con el puto cachorro… ¡Me cago en mi puta madre os juro que os busco donde quiera que estéis y os muelo a hostias! ¡Como si os escondéis entre las piernas del maricón del “cerillita”, os saco de allí a hostias!

Así, farfullando y destilando su típica mala baba, desapareció el Brigada Castro, al que no volvería a ver nunca más. Armamos nuestros petates en menos de quince minutos y en veinte estábamos fuera de la base, camino de la zona de conflicto donde, según nuestros espías, debía encontrarse el cachorro. La idea de armar un escuadrón suicida era tan absurda como destinada a fallar, aunque las situaciones desesperadas llevan a tomar medidas desesperadas y estoy seguro de que el gran Comandante Lacalle no consideraba al cachorro una de sus prioridades. Pero así funciona la vida y, al igual que la vida, el ejército: alguien dice algo a alguien que se lo dice a otro que tiene una idea y, de la manera más estúpida, un relojero, dos hermanos jornaleros, un panadero y Bonilla, que si tenía profesión, aparte de idiota a sueldo, nadie conocía, nos encaminamos a acabar con el soldado enemigo que estaba poniendo en jaque a todo un ejército.

La primera noche nos pilló a medio camino entre Malacuera y Brihuega, donde tampoco teníamos intención de ir, ya que en ese momento la ciudad estaba todavía tomada y cinco capullos como nosotros tan solo podíamos servir como prácticas de tiro para las primeras barricadas. Nuestro destino era otro: el cauce del Tajuña, por donde el cachorro se movía infligiendo el mayor daño según los informes. Antes de echarnos a dormir en base a los turnos que habíamos echado a suertes, aprovechamos que Bonilla había ido a cagar para dejar clara la situación. Ramoncho, que era el más avispado, me respetaba bastante y sabía que, por muy Cabo que dijera mi solapa, antes que Cabo era sensato y no pretendía imponer ninguna jerarquía estúpida. El objetivo estaba claro y no era otro que volver con vida. Si matábamos a alguien, bien. Si ese alguien era el cachorro, mejor. Pero nadie allí, a excepción seguramente de Bonilla, dudaba de que aquella misión no tenía sentido y que las probabilidades, no ya de encontrarlo y de matarlo, sino de poder probarlo ante los superiores, eran inexistentes. Un sentido del deber… a quién pretendo engañar, el puro instinto de supervivencia nos obligaba a hacer el paripé de intentarlo, porque, aunque existía la posibilidad de que una bala enemiga acabara con nosotros, la única alternativa era la certeza de que una amiga sí lo haría en caso de que los superiores se enterasen de que no habíamos hecho nada por cumplir nuestra misión.

Tampoco íbamos a tener mucho tiempo para darle vueltas, porque a la mañana siguiente iba a empezar la acción. Recuerdo que a pesar de hacer un frío de pelotas, el ruido de un pequeño destacamento nos calentó rápido. Bonilla, que cagaba lo menos tres veces al día, estaba otra vez al lío cuando una pequeña tropa de diez soldados italianos lo sorprendió detrás de la zarza en la que se había escondido. Con el culo al aire y los pantalones por las rodillas, comenzó a intentar cargar su fusil, con tan poca destreza, que provocó que los engominados soldados comenzaran a partirse de risa. Los italianos se arrancaron a decirle cosas, cada vez más descojonados, lo que hizo que, de una forma natural, llamasen nuestra atención. La estupidez, que es un idioma internacional y que Bonilla hablaba con extrema fluidez, le estaba dando unos minutos preciosos en aquella exhibición de gilipollez que le hubiera valido, no me cabe duda, la exención militar y una cartilla para cómico al servicio de la República. Aquel mendrugo nos salvó la vida en la que, probablemente, fue la acción más heroica de su vida.

Ramoncho, que no era manco ni tampoco le gustaba perder el tiempo, había afianzado con cuidado en ese absurdo lapso su ametralladora ligera rusa, y desde que disparó la primera bala, hasta que cayó el último italiano, no transcurrieron ni quince segundos. Al menos, aquellos pobres diablos se fueron al otro barrio partiéndose el culo. El doblemente afortunado Bonilla, por payaso y por no poder cagarse encima porque ya había descargado poco antes, salió rodando por el suelo, tropezando con sus propios pantalones, arrancándonos, entonces sí, la risa a todos nosotros.

Limpiamos a los paganinis en menos de lo que canta un gallo de toda su munición, algo de comida y una serie de papeles que parecían importantes. Lo que son las cosas, allí no sabíamos leer bien ni el tato, a excepción del buen Ernesto que, ya con los pantalones en su sitio, volvió a sentirse importante cuando le dijimos que nos dijera lo que ponía en esos papeles tan serios.

—Sh Es S s…

—Me cago en mi puta madre, Bonilla. No soy Castro, pero como nos tengas aquí una hora para leer esa mierda te voy a dar una colleja que te voy a poner las orejas del revés —dijo Ramoncho, que había dejado de lado su característico tono de broma, preocupado de que otro pelotón pudiera descubrirnos.

—S Es S Est Este ¡Stefan! ¡Co co co jones!

Si no el sentido común, el mando, o una buena combinación de ambas, se me habían hecho indispensables de pronto, por lo que, ignorando los balbuceos del Sargento, decidí tomar la iniciativa para poner al grupo a salvo.

—Vámonos de aquí. Bonilla: coge los papeles y ve cogiendo aire, no tenemos tiempo para mierdas, así que intenta tranquilizarte. ¡Todos! —dije alzando la voz para que me miraran—, si vais a escamotear algo más, es ahora o nunca. Tenemos que largarnos de aquí y en este llano de mierda hay poco sitio donde esconderse, así que más nos vale llegar al río cuanto antes. ¡En marcha!

Como mulas espoleadas por rama fresca, pusimos pies en polvorosa y llegamos a la vereda del Tajuña mucho antes de lo esperado. El secarral llano que nos dejaba completamente vendidos había dado paso a una cómplice frondosidad en la pudimos, por fin, sentirnos seguros. Inocentes de nosotros. Al hacer la primera parada, aprovechamos para volver a forzar la máquina de Bonilla, aún a riesgo de nuestra paciencia.

—Bonilla, toma un poco de agua —dije con la intención de relajarlo. El Sargento bebió con ganas con una expresión que seguía marcada por el estrés de la cagada matutina. Lo cierto es que siendo justos, no es que aquel hombre fuera un zote sin remedio, sino un tipo de buena familia que jamás se había tenido que enfrentar a nada. “Sin presión, el hombre no es capaz de dar nunca todo lo que tiene dentro”, o eso decía mi padre, que al igual que mi madre, no paraban de decir cosas que ahora recuerdo como si fueran el mismísimo refranero. En cualquier caso, el rumor del río, el viento fresco y las ramas altas que nos cubrían perfectamente, hicieron su efecto y el Sargento, mucho más relajado, cogió de nuevo los papeles entre hondas respiraciones que parecían la preparación previa a un discurso.

—Stefan Lainer, asunto “Lykanthrop“. Cualquier incidente relacionado con este soldado será directamente tratado con la intendencia y esta, a su vez, con el maestre del General sin necesidad de la aprobación intermedia. Se considerará, en cualquier circunstancia, un asunto de prioridad extrema bajo orden directa del general y del Führer.

Bonilla sacó una foto en la que aparecía el hombre más raro que jamás haya visto y cuyo reflejo sigue grabado a fuego en mi memoria. Con un cuerpo hercúleo, tal y como rezaban los rumores, aparecía el soldado Esteban Láinez, rifle al hombro y puro en mano. Esteban, Stefan, a nadie le importó ese detalle, y menos con lo que teníamos delante. Lo que llamaba la atención, por encima de cualquier otra cosa, era su cabeza deforme. Unas orejas más altas de lo normal, casi a la altura de la frente y ligeramente picudas, que ya de por sí eran una rareza, eran seguramente lo menos llamativo. Una nariz, que más que nariz parecía un hocico, se juntaba extrañamente con la boca en el punto por donde, dos largos colmillos se confundían casi con un bigote de largos que eran.

—¡Joder! ¡Menudo adefesio! —dijo Ramoncho rompiendo la tensión que aquella extraña imagen había generado.

—La hija de la campanera con la que te diste cuatro besos, no era mucho más guapa que…

Una colleja impidió a Canuto terminar la frase. La ocurrencia y la cara del hermano al que casi se le salen los ojos de las órbitas, terminó por arrancarnos unas necesarias risas, porque la imagen había dejado huella.

—Da igual que sea Imperio Argentina o Dolores la hija de la campanera, vamos a intentar cepillárnoslo como nos han ordenado porque, como no lo hagamos, nos van a meter un tiro por el culo. Por muy grande que tenga el brazo es un tío y nosotros somos cin…

—Bonilla está cagando otra vez, puedes decir cuatro, que no pasa nada —apuntó Pedraza ante la risa de los Lendínez sin que los hermanos comprendieran que el chico hablaba en serio.

—Bueno, pues digamos que somos cuatro y Bonilla, que a la mala puede hacer otra vez su baile con los huevos colgando y distraer al enemigo.

De nuevo las risas llenaron aquel arbusto y, sin saber cómo ni por qué, la conversación acabó, como tantas otras veces en los días de entrenamiento, en una sucesión de chistes de Canuto, que parecía saberse más de mil y que siempre era capaz de sorprender con uno nuevo. Estábamos pasándolo tan bien, que tuvo que ser el asustadizo Pedraza quien nos sacara del ambiente de broma para volver a meternos el miedo en el cuerpo.

—Bonilla se fue hace mucho tiempo.

La reacción fue instantánea, porque Bonilla era un cagón, pero lo suyo eran las cagadas de ratón y nunca tardaba más de tres minutos en regresar. Mientras me quitaba la cinta con la que cargaba el fusil al hombro, Ramoncho sacó su cuchillo. Con un dedo en la boca, le hizo un gesto a su hermano para que se callara. Canuto, que no se había enterado de la jugada, reaccionó con cara de susto, pero al final hizo lo propio con una faca que llevaba colgando en una funda en su cinto, dejándonos a medias con su prometedor chiste sobre un burro y un panal en un burdel. A día de hoy todavía me quema un poco no saber cómo terminaba aquella historia y juro por Dios que será lo primero que le pregunte a los Lendínez cuando me reuna con ellos allí arriba.

No hubo que ir muy lejos para encontrar la respuesta, aunque esta fuera tan macabra como inquietante: detrás de un seto a pocos metros, el cuerpo de Bonilla, que como por arte de magia se había quedado congelado en la posición de cuclillas, apareció ante nosotros. Lo jodido era que, donde tenía que estar su cabeza, no había nada salvo un charco de sangre. Pero más jodido era pensar que le habían arrancado la cabeza a nuestro lado sin hacer ni un solo ruido.

El pánico se desató en todos sin excepción, tal y cómo podía leerse en las caras de cada uno de nosotros, pálidas y con los ojos abiertos de par en par. Al menos, ninguno tuvo la insensatez, o, más bien, el cuerpo, para abrir la boca, por lo que en pleno silencio, volvimos al punto de partida.

—Es el cachorro. ¡El puto cachorro!

—¡Calla, canuto! ¡Hablad bajo, cojones! —dije en un intento por sembrar la cordura. Lo que conseguí con aquella reprimenda, sin necesidad de tener que mencionar nada, fue imponer el grado ya que después de Bonilla, el que llevaba la batuta debía ser yo. O eso era lo que decía el rango. Aunque claro, a mí el rango me importaba tres mierdas: lo que yo quería era sacarnos con vida de allí.

—Nos van a follar a todos… —interrumpió, en voz muy baja, el bueno de Pedraza mientras se santiguaba.

—Silencio. Bonilla, que en paz descanse —dije en un nuevo intento por sacar algo de arrojo de aquel grupo de acojonados, del cual, por supuesto, yo formaba parte—, ha hecho un último servicio y además, seamos positivos: tenemos al cachorro a tiro. Es a lo que hemos venido. Si cumplimos… pensadlo. Pensadlo por un momento, ¡joder! La puta gloria y adiós a la guerra para nosotros. Vamos a cazar a ese feto, se lo vamos a llevar al puto bigotes y nos van a poner una puta medalla. Así que nada de acojonarse. Somos cuatro valientes.

—¿Qué propones, Novella? —respondió Ramoncho, que ya había recuperado el color y al que mi plan debía de haberle convencido.

—Hacer como se hace con las alimañas: vamos a poner una trampa y vamos a cazar a ese hijo de la gran puta. Por Bonilla.

—Por Bonilla —repitieron todos a coro.

—¿Alguno habéis cazado algo en vuestra vida?

—Mi hermano y yo bastantes perdices… y algún que otro lebrato que se pusiera a tiro —respondió raudo Canuto. Pedraza negaba con la cabeza.

—Yo no he cazado jamás, pero de nada vale saber montar un cepo con la pieza que perseguimos —aclaré.

—Que nos persigue…

—Canuto, somos cuatro —dije de nuevo para que el miedo no volviera a recuperar el terreno perdido—. Si permanecemos con las orejas en alto, no va a pasarnos nada.

—Allí, mirad —dijo Ramoncho, que ya había transmutado en cazador.

Lo que nos señalaba, era una especie de pasillo que habían formado los árboles junto al cauce del río. Era tan estrecho como para que solo cupiera una persona, pero no lo suficiente como para que le resultara incómodo avanzar con la excepción del barro y los charcos que hacían de alfombra.

—Vamos a forzarlo a entrar ahí —prosiguió.

—Y lo molemos a tiros… —dijo Canuto con una sonrisa ilusionante.

—No. Podemos fallar, podemos no darle bien y no tumbarle… Tenemos que asegurarnos de que allí se queda y arrancarle la puta cabeza que es lo que nos han pedido. Por Bonilla.

—Por Bonilla —dijimos todos de nuevo, como si aquello fuera una boda y el Sargento el motivo de cada brindis.

Nos movimos formando un escudo, conscientes de que el cachorro podría estar cerca y, advertidos ahora de su sigilo, le iba a costar pillarnos por sorpresa como había hecho con el cagón de Bonilla. Entre una cosa y la otra, cuando quisimos darnos cuenta, la oscuridad se nos echó encima. Ese fue el momento en que Ramoncho había sugerido comenzar a desplegar la trampa, ya que, aunque nos tuviera fichados, aquel hijoputa no iba a ser capaz de ver lo que tramábamos entre tinieblas. El mayor de los Lendinez demostró unas aptitudes brillantes como ingeniero al explicarnos lo que tenía en mente: una barrera de pinchos que saldría disparada, como si fuera un resorte, desde detrás de un recodo tras el que quedaba oculta. El mecanismo se activaría de la manera más simple por medio de una contención con una cuerda. Cuando el cachorro pisara el enganche, la barrera lo ensartaría golpeándolo, además, con violencia contra la pared de roca, barro y raíces. La idea era excelente y, para todo aquello en lo que su poca experiencia fallaba, mis años en la casa de relojes hicieron el resto. Así, en cuanto oscureció, y sin separarnos un palmo, encendimos un pequeño fuego para poder ver, sin el miedo a revelar nuestra posición, que entendíamos ya completamente delatada.

El río nos daba los materiales para la base: muchas ramas fuertes, que cortamos en el mayor de los silencios. Mientras Canuto y Pedraza las convertían en afiladas picas, Ramoncho y yo montábamos el engranaje. Si aquella bestia estaba ahí fuera, sin duda oyó mucho movimiento, pero era imposible que supiera lo que nos traíamos entre manos. Durmiendo de a uno y en turnos, justo antes del alba logramos encajar aquella trampa mortal y dejarla preparada.

—Ya solo nos queda trazar el plan para meter aquí a ese cabrón —dijo Canuto mientras se tapaba la cara con los primeros rayos de sol.

—El plan está muy claro —dijo Ramoncho con energía—, ese feto sabe perfectamente dónde estamos, así que lo primero va a ser escondernos. Seguro que va a querer venir a ver por qué nos hemos pasado la noche haciendo ruido. Cuando enseñe el cogote, uno de nosotros entra en el redil.

—¿Redil? —dijo Pedraza que ya volvía a estar acojonado.

—Sí, al redil… ¡y a correr la vaquilla! A la altura de la marca —dijo señalando un canto blanco de gran tamaño en la pared—, un buen brinco y a seguir corriendo. Si ese cabrón va enciscado detrás, se comerá el pincho de lleno.

—¿Lo echamos a pies? —pregunté, asumiendo que nadie iba a ser tan loco como para ofrecerse voluntario. Me equivocaba.

—Yo lo haré —se lanzó Canuto con un tono heroico que no parecía suyo. Su hermano lo miraba entre orgulloso y asustado—. Soy el más rápido y no le tengo miedo y… —la frase a medias, conquistada por el silencio, y la cara de acojonado de Canuto que se había formado en un segundo, parecía que iban a acabar por volver a ponernos a todos en la ruleta suicida para escoger candidato. Estuve rápido para coronar aquel ofrecimiento con la frase emblema.

—¡Por el puto Bonilla! —dije alzando el fusil.

—¡Por Bonilla! — replicaron los demás, incluido Canuto.

El plan, que de simple que era parecía no tener fisuras, no había tenido en cuenta la mala suerte que nos iba a perseguir desde ese momento y que, probablemente, no nos había abandonado desde el momento en que el primero de nosotros empezó a bromear con aquella bestia provocando que nos eligieran para acabar con ella.

Encaramados en los árboles, todos salvo Canuto, que permanecía detrás de un gran tronco a ras de suelo, esperamos durante unas horas en las que los mosquitos se cebaron con nosotros. Cuando ya no me quedaba espacio en la nuca para más picaduras, Ramoncho, que estaba tumbado en una rama grande a dos palmos de mí, me avisó con un gesto. La cara blanca no necesitaba de más explicaciones. Desde su posición, tiró la colilla que llevaba baboseando un buen rato a la cabeza de su hermano que lo miró mientras asentía con bravura.

Ramoncho había tenido buena vista. Las ramas, que se movían de un modo que hacía imposible pensar que fuera por obra del viento, resguardaban la figura de un soldado que, a medida que se acercaba, parecía cada vez más gigantesco. Si no era el cachorro, tenía que ser familiar suyo. Con mis pequeños prismáticos le eché una buena visual. Lo que vi, a pesar de no entenderlo bien, me dejó el cuerpo frío. Más peludo que Fermín, el tipo más peludo que jamás yo haya visto nunca, se acercaba encorvado a una velocidad prodigiosa. La cara, de ser la de la foto, estaba llena de pelo, lo que no ocultaba su horrible nariz hocicada. Y eso fue todo, porque cuando quise pasarle los prismáticos a Ramoncho, este silbó y su hermano echó a correr como alma que llevaba el diablo provocando la reacción esperada. La figura, que estaba casi debajo nuestro, pareció alzar sus picudas orejas y salió disparada tras Canuto, seguramente sin saber siquiera lo que tenía delante. Como ponerse a correr delante de una vaquilla: la vaquilla va a echar a correr detrás tuyo por puro instinto y eso fue lo que aquel bestiajo hizo, porque a esas alturas para mí tenía más de bestia que de persona.

Canuto corrió como un atleta. Parecía un rayo, zigzageando por aquel caminillo encharcado, como una culebrilla en el agua. Su perseguidor, que tenía una zancada poderosa, le recortaba la distancia, pero no le iba a llegar para dar con nuestro compañero antes de la marca. E ahí que la mala suerte entrara a cambiar los planes, de una forma fatal para nuestros intereses. Una hoja que se había transformado en instrumento divino, cayó a la altura de la marca sobre el suelo embarrado, sincronizada como un reloj suizo con la pisada de Canuto. El resbalón fue fatal, porque provocó que Canuto no pudiera saltar sobre la marca y se comiera de lleno el chivato, que funcionó a la perfección ensartando al pobre chico y reventándolo contra la pared. La bestia, ante aquello, frenó en seco y, de un salto poderoso, salió del pasillo natural por el lado del río, desapareciendo de nuestra vista. Ramoncho no esperó a nada, y aquello sellaría su destino, pero ¿acaso no hubiera hecho cualquiera lo mismo? Tras proferir un desgarrador grito de dolor, se escurrió por el tronco del árbol donde estaba encaramado sin importarle las ramas que le iban rasgando la piel, ni el colchón de piedras que lo esperaba debajo y, después del batacazo contra el suelo, corrió hacia su pobre hermano, cojeando y con los ojos hechos un humedal. No lo vio venir, y nosotros desde arriba, tampoco. Cuando estaba a menos de cinco metros de su hermano muerto, aquella terrorífica criatura –y digo bien, criatura, porque en aquel momento al menos a mí ya me había quedado claro que no podía tratarse de ningún hombre– volvió a entrar de un salto en el camino plantándose delante del pobre Ramoncho. Sin que pudiera reaccionar, sin que pudiera coger el rifle o el cuchillo, armado nada más que con una cara de tonto, que es la cara de tonto con la que la mayoría abandonan este mundo en tiempos de guerra, la bestia saltó sobre él y, agarrándolo por la cabeza, la arrancó como quien saca el corcho de una botella. No le dio tiempo ni a gritar. Pedraza, a mi izquierda, estaba blanco y yo, supongo, que debería tener un color parecido. En cualquier caso, ni aquella criatura se recreó en la matanza, ni nosotros hicimos la más mínima señal para que se planteara continuar descorchando otros troncos. En menos de un minuto, volvió a desaparecer por donde había venido, con otro prodigioso salto, portando consigo, en esta ocasión, su redondo trofeo.

Podían haber pasado tres, cuatro o diez mil horas, que Canuto no había movido un párpado ni yo tampoco. Así nos encontró la noche, encaramados a aquel árbol y sin gana ninguna de bajar, en el momento en el que conseguí armarme de valor y hablarle.

—Pedraza —dije entre susurros—. ¿Me oyes?

El muchacho farfullaba alguna plegaria con los ojos idos, por lo que tuve que insistirle un par de veces más hasta que finalmente me respondiera.

—Calla, por Dios. ¿Quieres que nos descubra? ¿No has visto cómo salta? Aquí no estamos protegidos.

—Para eso estás rezando, ¡joder! Para que no nos vea ni nos huela y para que podamos salir vivos de esta putada en la que nos ha metido nuestra mala suerte.

El chico siguió con lo suyo, sin muchas ganas de hablar, pero alguien tenía que poner sentido común a aquella situación si queríamos sobreponernos al terror y tener alguna posibilidad de contarlo.

—Tenemos que bajar, Pedraza.

—¿Pero tú estás de guasa? ¿Has visto lo mismo que yo?

—Tenemos que bajar y acabar con esa bestia o largarnos, pero no podemos quedarnos aquí.

—Es justo lo que tenemos que hacer, aguantar un día o dos más y así estar seguros de que se ha ido…

—Estamos en su coto privado, Julián. No se va a ir a ningún lado. Lo que tenemos que hacer es bajar y montar un plan para que le arranquemos nosotros la cabeza antes de perder la nuestra.

El silencio que siguió a aquella frase era el silencio del que sabe que discutir sobre algo que no tiene sentido no lleva a ningún lado. Parece una obviedad, pero cuando cualquiera que lea esto se pregunte cuánto tiempo ha malgastado en su vida con conversaciones absurdas, me entenderá.

El hecho es que, fuera por mis palabras o porque necesitaba verticalidad, Pedraza me siguió en el descenso cuando debía ser ya de madrugada. Sin coraje para encender un fuego con el que calentarnos en aquella fría noche, nos comimos las longanizas secas como piedras que recuperamos del cuerpo de Ramoncho y nos agazapamos tras un arbusto, juntos hasta casi abrazarnos, sin decir ni una sola palabra, con las escopetas cargadas.

Desperté de un duermevela de poco descanso, para encontrarme al beato con la cara y la camisa untadas en barro, en un aspecto más de mierda humana que de soldado.

—Pero ¿qué huevos, Pedraza?

—Toma —dijo mientras me pasaba un pegote de barro con la mano que parecía mierda de burro reciente. Mi cara debía ser un poema. Un poema de Merás, pero un poema al fin y al cabo.

—Creo que esa bestia tendrá difícil encontrarnos si nos cubrimos con esto. He estado pensando en que quizás nos encuentra porque nos huele…

Como „hombre precavido vale por dos“, que decía siempre también mi madre, y „más vale prevenir que curar“, que le replicaba mi padre, me unté de barro por la cara, que, como bien había yo interpretado en una primera instancia, era mierda, pero no de burra, sino de pato y otras aves, que estaba mezclada con la tierra casi en la misma proporción.

Así, como dos mierdas andantes, decidimos olvidarnos de acabar con nadie y poner rumbo a la base, porque si había que morir de un tiro por cobardes, mejor así que sin cabeza.

El invento de Pedraza le dio una confianza inusual hasta el punto de que el chico se sintiera invisible. Y digo bien, se sintiera y no „pareciera sentirse“, porque cuando a los diez minutos de emprender la marcha escuchamos unas ramas romperse, el cabo se quedó quieto como si fuera una planta, en vez de esconderse tras los arbustos de los laterales como yo hice. Así, quieto cual estatua petrificada, se encontró el cachorro Lainez a Pedraza frente a él, rompiéndole el frenético paso hasta dejarlo quieto. Desde mi posición, a escasos metros, era capaz de verlo todo y de contemplar, en esta ocasión a la perfección, a la bestia que había cambiado el rol de presa a cazador en un suspiro.

De cerca, la idea que me había formado en la cabeza sobre un hombre musculado y, hasta cierto punto deforme, se disolvió como sal en agua hirviendo. Aquello no era un hombre, sino la mezcla entre un perro y un hombre. O mejor dicho, un lobo. Lo que había interpretado como nariz exageradamente grande y picuda, era, efectivamente, un hocico del que colgaba una hilera de colmillos afilados que asustaban más que el que llevaba colgado yo del cinto. Las orejas, picudas, estaban en alto y ahora no cabía duda de que no tenían nada de humano ni de deformidad: eran así. La imagen tenebrosa, la regalaba el hecho de que estuviera poblado de pelo por todas partes, pareciendo un verdadero lobo gigante a dos patas, algo que la foto había rebajado con un rapado que quedaba claro que era antinatural para aquella criatura. Un lobo. Un hombre. Un „lykantrhop“.

Como una imponente estatua irreal, olfateaba a Pedraza que, cagado de miedo, había empezado a rezar una plegaria que fue subiendo de tono en su inconsciencia hasta que yo mismo fui capaz de escucharla. La bestia, como un perro rabioso, se abalanzó sobre él mordiéndole la yugular. El pobre muchacho no tuvo tiempo ni resuello para poder gritar siquiera. Aquella forma de atacar, que me recordó a los gigantescos mastines que protegían la finca de mis padres en mi niñez, me confirmaba que estaba ante un perro y el pensamiento, en lugar de asustarme, logró todo lo contrario.

„Tienes el don de hablar con los animales, Martincito. Tú les hablas, ellos te entienden. Tú les mandas, ellos te obedecen“. Las palabras de mi difunta madre se me vinieron a la cabeza como una especie de mensaje salvador cargado de esperanza. No podía huir. Esa bestia me daría caza al menor descuido. Solo me quedaba hacerle frente. Y para hacerle frente, no tenía nada más que la granada que le había cogido al descabezado Bonilla sin saber que iba a necesitarla tanto como entonces.

Con un plan muy poco pensado, me alcé de un brinco y asusté a la criatura que, a cuatro patas sobre los restos de Julián, seguía deleitándose con su carne.

„Chico, mira. Sabes que lo quieres. ¿Quién es mi chico? Mira lo que tengo para ti“.

La bestia, que no terminaba de entender lo que sucedía y puede que ni siquiera fuera capaz de hablar, no dejaba de mirarme por lo que tuve que poner más empeño y subir el tono, igual que hacía de joven con los viejos y agresivos mastines.

„¡Te he dicho que mires aquí! ¡Aquí!“. Clic. Su vista, como siempre sucedía cada vez que lo hacía, se quedó fija en mi mano, que moviéndose con suavidad de izquierda a derecha y de derecha a izquierda, ejercía el efecto de péndulo hipnótico. Cuando Lainez, Lainer o como cojones se llamara aquel monstruo, empezó a mover la cabeza, sabía que lo tenía. Ya era mío. Quitando la anilla, con suavidad, aguanté un par de segundos para estar seguro, y me la jugué.

„Ve a por a ella chico. ¡Tráemela chico!“.

Tras arrojar la granada por encima de su cabeza, la bestia, de una manera inconsciente y empujada por su instinto, corrió como un perrillo tras aquel objeto que no había sido capaz de ver bien y, cogiéndolo con la boca, se giró para regalarme una sonrisa con la granada entre los dientes que correspondí, como siempre había hecho.

„Buen chico“.

Boom.

No quedó nada de Lainez, ni siquiera la foto del informe, que en las prisas por huir de allí ante la explosión y lo que podía traer el ruido, olvidé recuperar de la mochila de Pedraza. Sin ninguna prueba y después de lo que había pasado, decidí no regresar a la base. Tampoco nadie me echaría en falta en la reconquista de Brihuega, aunque puede que tuviera mi parte de mérito, y allí puse punto final a mi historia en el ejército, huyendo a Francia antes de que acabara la guerra, con miedo a los unos por desertor, y a los otros por rojo y republicano.

He leído muchas noticias que hablan de hombres lobo, de bestias, de extrañas muertes… y estoy seguro de que la camada de Lainez sigue viva, haciendo estragos entre los aliados. Quede aquí el legado de lo que vi y espero que pueda servir de algo.

Martín Novella.

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B.J. Sal
Septiembre 2020

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